
Lunes por la tarde. Un chico futbolero de la zona cercana al club Boedo Juniors no para de dar vueltas tratando de terminar los deberes cuanto antes, puesto que sus amigos los reclaman con insistencia desde la vereda. El rechinar del timbre se transforma en un calvario para los oídos de su madre, esta insistencia se debe a la vital importancia de contar con la mayor cantidad de jugadores para la primera práctica semanal. Su madre, enfurecida y a los grito, le reprochan por cada vez que no cumplió con sus deberes y hasta amenazan con prohibirle aquello que más le duele a los rebeldes, el fútbol en la canchita. Pero al fin y al cabo el prometer “portarse bien y estudiar”, aunque sólo sean excusas momentáneas para lograr su cometido, estas le sirve de presión para doblegarle su endeble actitud. Salir a la calle, ver a sus amigos y jugar a la pelota es el premio de tan cruenta negociación.
Boedo Juniors existe desde hace más de 20 años cuando la Municipalidad le asignó la administración del predio a la Unión Vecinal. Allá por 1999, una de las Comisiones no hizo caso a un decreto que les exigía a los responsables de inmuebles públicos la presentación de documentos que acreditarán la ocupación legítima del predio. Por lo tanto, en el 2002, un decreto del gobierno de Ibarra ordenó el desalojo. Idas y vueltas de papeles presentados en la Jefatura de Gobierno, más la demora burocrática pertinente, hizo que la institución permanezca cerrada durante mucho tiempo. Finalmente, la actual Comisión Directiva, destrabó el litigio con el Gobierno de la Ciudad y evito, felizmente, que ocurriese otro de los tantos casos como el que refleja “Luna de Avellaneda”.
Al igual que en el film de Juan José Campanella, este club es un reducto en donde el deporte se transforma en el medio contenedor y sociabilizador por excelencia para la juventud. Un dato no menor en tiempos donde la violencia y las drogas ganan cada vez más adeptos ante la atónita mirada del Estado. También suele ser albergue de sueños y fantasías para los chicos que comienzan en el mundo del fútbol, hasta que los retos paternalistas del entrenador - un ex jugador que supo tener sus efímeros minutos de gloria en el fútbol grande- los devuelven a la realidad al menos por un momento.
La Comisión directiva, generalmente integrada por los padres de los jugadores, son los encargados de cuidar las precarias instalaciones, organizar festivales y recaudar lo suficiente para continuar con el club debido al escaso apoyo que les brindan las autoridades comunales. “Todo es a pulmón acá”, se les escucha decir en reiteradas oportunidades.
El rito del sábado es uno de los motivos por los que todos los integrantes del club trabajan arduamente durante la semana, puesto que se disputa íntegramente la fecha de fútbol infantil. Para los chicos que defienden los colores del club, como si fuera los de su patria, en este día se debe revalidar todo lo hecho en las prácticas y no permitir que se les escape el triunfo frente a otros barrios rivales. Dicha rivalidad comienza desde el timbre del recreo hasta dirimirlo dentro de la cancha, sea como local o visitante, con o sin padres, siempre con la pelota como estandarte y el juego limpio como condición.
¡Qué les van a hablar de descanso a estos chicos! Ellos no entienden de cansancio, presiones, cláusulas contractuales o aires de protagonismos tal como tienen la mayoría de sus ídolos. Para ellos la vida es un juego, el equipo es su familia y el club, su hogar.
Boedo Juniors no sólo es símbolo de esparcimiento deportivo, sino que es el motor del sentimiento de pertenencia con el barrio donde nacieron los más de 300 chicos que lo frecuentan, y los que lo han frecuentado. Con el paso del tiempo, este sentimiento será la insignia que identifique a cada uno de los hombres a la hora de recordar su niñez en una cancha de barrio y el recuerdo vivo de sus orígenes hasta sus últimos días.
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