
Las baldozas gastadas y el empedrado colonial de la esquina de Metan y Muñiz, del viejo barrio tanguero de Boedo, recuerdan el paso lento -al ritmo del dos por cuatro- que Gardelito despuntaba desde los primeros albores del alba. Según comentaban los vecinos se encontró con la locura el día de aquel fatídico accidente donde Carlos Gardel pereció en la ciudad de Medellín, República de Colombia. De allí cobró vida su apodo y su enfermedad le dio identidad.
A diario contaba sus anécdotas junto a su ídolo a pesar de las dificultades que registraba al hablar, debido a la mala compañía del alcohol diurno. Su saco oscuro, camisa blanca, pañuelo al cuello, pantalón de vestir, alpargatas y una gorra calzada hasta las cejas, hacían creer a quien no lo conocía que la locura sólo eran habladurías de la chusma barrial.
La gente lo quería, “era un loco manso”, decían los vecinos. En el barrio se preguntaban qué fue de su vida antes de su enfermedad, si tenía familia o hijos que se pudieran hacer cargo de él, mientras tanto despuntaba el vicio – y su sueño- de emular al Zorzal Criollo. Lo había observado minuciosamente en cada una de sus películas, tal es así que cada vez que lo interpretaba llevaba su mano izquierda hasta una de sus orejas, agachaba su cabeza buscando ese tono esquivo de aquellos que nacieron con ese don, y entonaba “El día que me quieras”. El farol de la esquina era su escenario, y la gente del despacho de bebidas, su auditorio.
Un día frío de agosto la función terminó repentinamente, como aquel artista que debe continuar con su gira. Nadie más supo de él, quizás algún otro de los cien barrios porteños lo hayan disfrutado o simplemente la vida le terminó pasando factura por tantos maltratos físicos. Y aunque el progreso le cambió la cara a su esquina barrial, esta no podrá acallar el recuerdo de su voz. Porque Gardelito personificaba al barrio, a la charla de café y al picado sobre los adoquines. Una parte de un Buenos Aires querido que no volveremos a ver…
A diario contaba sus anécdotas junto a su ídolo a pesar de las dificultades que registraba al hablar, debido a la mala compañía del alcohol diurno. Su saco oscuro, camisa blanca, pañuelo al cuello, pantalón de vestir, alpargatas y una gorra calzada hasta las cejas, hacían creer a quien no lo conocía que la locura sólo eran habladurías de la chusma barrial.
La gente lo quería, “era un loco manso”, decían los vecinos. En el barrio se preguntaban qué fue de su vida antes de su enfermedad, si tenía familia o hijos que se pudieran hacer cargo de él, mientras tanto despuntaba el vicio – y su sueño- de emular al Zorzal Criollo. Lo había observado minuciosamente en cada una de sus películas, tal es así que cada vez que lo interpretaba llevaba su mano izquierda hasta una de sus orejas, agachaba su cabeza buscando ese tono esquivo de aquellos que nacieron con ese don, y entonaba “El día que me quieras”. El farol de la esquina era su escenario, y la gente del despacho de bebidas, su auditorio.
Un día frío de agosto la función terminó repentinamente, como aquel artista que debe continuar con su gira. Nadie más supo de él, quizás algún otro de los cien barrios porteños lo hayan disfrutado o simplemente la vida le terminó pasando factura por tantos maltratos físicos. Y aunque el progreso le cambió la cara a su esquina barrial, esta no podrá acallar el recuerdo de su voz. Porque Gardelito personificaba al barrio, a la charla de café y al picado sobre los adoquines. Una parte de un Buenos Aires querido que no volveremos a ver…
1 comentario:
pero cómo está este blog señorrrrrrrrrrr
abrazo hendrick
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